CASILDA (Primera parte)

Todavía no eran las 10:00 p.m cuando decidí que el próximo sería mi último pasajero de la noche. Mientras giraba a la izquierda para recorrer nuevamente la avenida San Martín no pude evitar sentirme culpable al pensar en Patricia; al pensar en mi hijo. ¿O no debería llamarlo así?, ¿cómo entonces?, ¿Gonzalo, Gonzalito, bebé, feto, pérdida?, ¿qué estará​ sintiendo Patricia en este momento?, ¿querrá intentarlo de nuevo? La tercera es la vencida, dicen. ¿nos quedará amor para un nuevo Gonzalo, Gonzalito, bebé, feto, intento?  Ya no dispongo de amor, a duras penas me aferro al de Patricia, cada día más distante, cada día más borroso. Me detengo frente a la plaza Capuchinos para fumar un cigarrillo.

Un enorme perro pasa de frente, de hocico alargado, ojos negros; mefistófelicos, pelaje blanco y espeso, me observa detenidamente  antes de emitir un gruñido profundo  y amargo que eriza cada uno de los vellos de mi cuerpo, enciendo el cigarrillo sin apartar los ojos del animal que se aleja en un trote uniforme hasta perderse en una  de las calles. Busco otro de los cigarrillos en mi bolsillo y lo enciendo con el que llevo entre los labios. Me siento valiente con cada bocanada de nicotina robada a la inclemencia de esta ciudad.

Escucho pasos, el inconfundible sonido de los tacones de una  mujer que se acerca deleitando las aceras…

—Buenas noches —dijo con voz suave y delicada, casi musical.

—Buenas  —respondí al dar media vuelta.

—¿Me das fuego? —resaltan los insinuantes labios rojos en contraste con la dulzura de la voz.

—Cla… claro.

No puedo evitar escanear sus piernas mientras busco el encendedor en​ mi bolsillo. Subo la vista y su mirada se cruza con la mía, una sonrisa coqueta me invita a seguir detallando la firmeza del cuerpo. Lleva el cigarrillo​ a sus labios y lo enciendo con cuidado.

—¿Qué haces sola por aquí? —pregunté.

Respira profundamente antes de responder, mientras el aire llena sus pulmones el vestido blanco se ciñe contra su pecho denotando a los orgullosos pezones.

—Lo mismo que tú, dándole sentido a la vida —las palabras salieron muy despacio de su boca, como delineando un secreto​;  iniciando una invitación—. ¿Me llevas?

Sube al taxi sin esperar respuesta y se acomoda en el asiento delantero.

—¿A dónde te llevo? —pregunté mientras giraba la llave.

—Al club “Plains” en Las Mercedes —cruzó las piernas y sus muslos comenzaron a saludarme.

Vamos pasando las calles en el silencio más absoluto. Suelo iniciar con mucha facilidad las conversaciones con mis pasajeros. Delincuencia, política, inflación… ¿que?, ¿que le digo?, ¿qué se le dice a la lujuria cuando su vestido se eleva hasta el precipicio de las nalgas, cuando sus pechos se hacen sol y luna para eclipsar todas las palabras, cuando los matices de su cuerpo recorre cada poro del deseo para erguir mis fantasías? Respiro profundo y hago la pregunta obvia…

—¿Cómo te llamas?

—Casilda, ¿tu?

—Javier —contesté.

—Javier, tu cara me pareces familiar ¿No te conozco de algún lugar?

—No lo creo, te recordaría sin ninguna duda —dije.

—Eso es lo que dicen los hombres como tú —dijo mientras se dibujaba una extraña sonrisa en su rostro.

—¿Como yo? —pregunté intrigado—. ¿Cómo son los hombres “como yo”?

—Un Don Juan, lo veo en tus ojos —dijo.

—Jajaja… nada más alejado de la realidad,  soy  un tipo tranquilo.

—¿Y eres casado, Javier? —preguntó mientras colocaba su mano en mi rodilla dibujando pequeños círculos con la yema de los dedos.

—N… no —respondí titubeando (mierda, qué idiota)—. ¿Tu?

—Es… complicado, ¿como es tu esposa? —la pregunta me tomó por sorpresa y me mantuve en silencio por un instante…

—¿Tan obvio fui? —pregunté finalmente con una extraña mueca que pretendía ser sonrisa.

—No —soltó una carcajada—. Soy buena para esas cosas, un sexto sentido, intuición femenina tal vez…

—jaja… ok, discúlpame. Se  llama Patricia,  es una mujer cariñosa, dulce…

—¿Pero? —preguntó mientras deslizaba su mano hacia mi entrepierna.

—No lo se… estamos… desgastados. Muchas cosas para contar en una noche.

Con el semáforo en rojo, me sumerjo en el precioso rostro de Casilda: ojos negros, profundos, directos; tez blanca como porcelana; nariz fina, perfilada, con un aire distinguido; cejas gruesas y definidas que otorgan carácter a la delicadeza de su facciones. El instante se desvanece al pensar en Patricia, su rostro se superponen al de Casilda para depositar la culpa. A pesar de​ haberla visto hace algunas horas, su recuerdo se siente distante. ¿En qué momento se nos acabaron los sueños?, ¿hace cuanto tiempo deje de luchar? Ella siguió luchando, entregando lo poco que le quedaba a esta causa perdida. Depositamos todo en la esperanza de Gonzalo, en sus pequeñas pataditas al escuchar mi voz, en sus volteretas cuando Patricia sucumbía a  sus antojos de azucar y chocolate… yo terminé por distanciarme el día que lo perdimos, la madrugada en la que nuevamente llegamos desesperados a un hospital aún con la ropa de dormir puesta y con la bata de Patricia teñida de rojo. Pero ella… ella va apagándose lentamente, como si todavía quedara algo por lo que luchar, la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil, hace mucho que me quebré, solo que Patricia se niega a aceptarlo en su afán infinito de remendarlo​ todo.

—Llegamos  —dije al detenerme junto al Club.

—¿Que te pareces si te tomas algo conmigo y continuamos nuestra conversación? —preguntó, y respondí con una sonrisa.

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