PARTIDA

Orquestaste con saña tu partida. Te fuiste, no sin antes borrar mi salvavidas; la palabra olvido en mi diccionario personal, y el número de tu móvil en mi agenda.


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EL SUICIDA

…el vacío en su alma era demasiado desgarrador para continuar intentándolo. Quitó el anillo de su dedo y lo ubicó junto a un trozo de papel que yacía intacto sobre la mesa de noche desde hacía más de una semana. Subió a la azotea, aún en pijamas, y se suspendió en el borde para contemplar sus dedos acariciando el vacío. Cerró los ojos, extendió los brazos, y la ausencia en su pecho le indicó que, por primera vez, tenía el control de su destino. Se dejó caer en las manos de Newton y la gravitación universal. La vida no pasó ante sus ojos, no hubo redención, no encontró la libertad ni el control efímero de hace unos​ instantes; solo el terror, solo la precipitación en alianza con el pánico para desdibujar su rostro. Sumido en la impotencia del arrepentimiento emitió un grito sordo para terminar despertando envuelto en las sábanas del dormitorio. Fue por un vaso con agua para despejar la mente, para diluir el miedo. Al entrar de nuevo en la habitación las reflexiones yacían​ en el olvido.

A la mañana siguiente el vacío en su alma era demasiado desgarrador para continuar intentándolo. Quitó el anillo de su dedo y lo colocó junto a un​  trozo de papel…


SALARIO

María torneo los labios para recibir la concupiscencia, mostró los muslos para comerciar el placer, apretó los dientes para sobrellevar la necesidad. No recuerda en qué momento perdió la cuenta, en cuál instante adquirió la rutina y se convirtió en una asalariada más.


QUESO DURO

Una brisa inesperada se coló por la pequeña abertura en la ventanilla del auto y estremeció mis nalgas desnudas mientras embestía el culo de Casimira Casimiro. El estremecimiento repentino cayó como un balde de agua helada sobre los 5 minutos, y contando, de morbo previamente pagado. Casimiro Casimira se percató en el acto y soltó un falsete de placer agónico para devolverme el calor que había perdido. Minutos después me fumo un cigarrillo mientras Casimira Casimiro arregla las piezas de silicona que salieron del sostén. Entre bocanadas de desahogo me cuestiono extasiado cómo estos 3 mililitros, que acabo de perder, se sienten como 5 kilogramos removidos de mi pecho y espalda.

De vuelta en la avenida libertador, dejo a Casimiro Casimira en las aceras de los encuentros furtivos. Conduzco deprisa por la Guarenas Guatire hasta llegar a mi casa, donde soy recibido por el sermón eterno de Ana María por haber olvidado comprar un kilo de queso duro para rellenar las arepas del desayuno de mañana.

Al día siguiente mientras engullo mis escuálidas arepas con unas incipientes partículas de margarina -mea culpa-, recibo otro de los sermones perennes de Ana María; el tema central: “¿¡dónde demonios tienes la cabeza!?”.