CASILDA (SEGUNDA PARTE – FINAL)

Es un embrujo, un hechizo que me tiene completamente rendido a sus pies; el embrujo de su cabello negro deslizándose sobre el escote  en su espalda, el hechizo en el contoneo de unas caderas nacidas para la adoración. La luz tenue y la música desinhibida nos envuelve en una atmósfera de seducción, nos sumergimos en la marea de almas entrelazadas, jadeantes, sueltas… rozamos los cuerpos mientras nos adentramos en el club, donde todos parecen estar atrapados bajo el mismo hechizo. Tras unos cuantos tragos conversamos  desenvueltos con nuestros rostros a escasos milímetros y  una botella de ron a medio terminar.

—¿Vienes mucho a este lugar?

—Solo cuando consigo al hombre apropiado —respondió.

—¿Y yo soy el hombre apropiado? —pregunte incrédulo.

—Estamos aquí, ¿no?  —dijo al acercarse y besar la comisura de mis labios.

Con la mirada sincera y el corazón desbocado, tomo su rostro y llevo su boca a la mía. La beso con descaro, sin pudor, sin remordimientos; la beso con todas las ganas que caben en mi pecho, con este sentimiento renovado de estar vivo, ¡de verdad vivo! No lo anterior, no la nostalgia, no la tristeza y la soledad aferrado a Patricia; esto… esta sangre que hierve en mis venas, este corazón que amenaza con salir por mi boca, con su lengua desnudando a la mía y la creciente erección que palpita entre mis piernas. Casilda se levanta toma mi mano y me lleva a la pista de baile, se ciñe a mi cuerpo como una prenda de vestir, me envuelve con sus delicados brazos, los senos rebozan en mi pecho, sus muslos se aferran a mis piernas, lleva su boca a mi oreja e introduce la punta de la lengua antes de preguntar —¿nunca​ me traicionarías, verdad?—. Mi corazón rebosa y siento como desencaja todas las piezas en mi pecho —!Nunca Casilda, nunca!—. Nos sentamos de nuevo y continuamos entrelazados, la cercanía de su rostro obsequia la dulzura de su aliento agitado, y mi cuerpo dice !Mía, la quiero mía, por hoy y para siempre!

—¿Hay algún hombre en tu vida? —pregunté.

—lo hubo, hace mucho tiempo.

—¿Y qué pasó?

—Me engaño… con mi propia madre —dijo sin perder la actitud devoradora—. ¿Puedes creerlo?

—Que difícil —respondí sin saber realmente qué decir.

—Las cosas nunca son lo que parecen —dijo con cara de satisfacción—. Cada quien recibe lo que merece.

—¿y tu… —la pregunta se pierde con su lengua en mi boca y mí lujuria en sus manos.

Me dejé llevar por el deseo. El club, la ciudad, el mundo entero desaparece a nuestro alrededor. Somos la nada y el todo, el principio y el fin, la vida y la muerte. Y me siento bendito siendo el protagonista de esta extraordinaria locura.

—No aguanto más —susurró en mi oído—. Es hora.

—Vamos a otro lugar —dije impaciente.

Subimos al auto, intento girar la llave pero Casilda desliza sus dedos hasta los míos​ y aparta mi mano, —no puedo esperar— ruega. Muerde mi labio inferior y siento un ligero sabor a sangre  en nuestros besos, reclino su asiento y me monto sobre ella. Es esto lo que quería, aún antes de conocerla, esta adrenalina, esta emoción, esta euforia desmedida con la que rompo su blumer para tomar lo que ya me pertenece, para indagar en lo profundo de su ser mientras descubro la verdad del mío.  La tomo y la siento mía, húmeda, desenfrenada, poderosa; la tomo y me veo dueño del destino  mientras sus talones bailotean en mis nalgas. Se contrae y se monta sobre mí en un movimiento repentino —Las cosas nunca son lo que parecen, Javier— susurra en el vaivén de sus caderas. Sus gritos de placer se intensifican para erizar todos los vellos de mi cuerpo, mi corazón se comprime y siento una fuerte punzada en la boca del estómago —cada quien recibe lo que merece— dice con la voz hueca.  Sus ojos comienzan a desvanecerse dejando dos cuencas vacías en un negro infinito. La piel se  torna blanca y fría, y el incesante eco de su voz se repite una y otra vez  en mi cabeza “¡cada quien recibe lo que merece!”.  Intento apartarla pero me encuentro repentinamente débil. El espectro se balancea incesante sobre mi regazo ahogándome con sus carcajadas impúdicas. “Cada quien recibe lo que merece” las palabras merodean mis entrañas mientras una única imagen se impregna en la memoria, Patricia. Te veo ahí, sola, en aquella casa modesta, donde decidimos amarnos para toda la vida, donde decidimos tener un hijo llamado Gonzalo como su abuelo, donde pintamos el sueño de una familia feliz que jamás será… que jamás dejé ser. Le digo adiós a Gonzalo, al espejismo de sus ojos verdes como los míos, a la ilusión de su tez lechosa como la tuya, a la fantasía de sus manos pequeñas sujetando mis dedos. Te digo adiós a tí, a la inocencia de tu amor perenne que lo enfrentó todo, que nunca se dejó ahogar en mis amarguras y decepciones. Te veo ahí, sola, esperando a un hombre que hace tanto tiempo dejó de llegar. “¡Cada quien recibe lo que merece!” con mi sexo a punto de ebullición todo mi cuerpo comienza adormilarce. Observo a la muerte cabalgando sobre mis pecados, drenando mi vida, cobrando mis culpas. Entre movimientos desenfrenados me diluyo en el vientre de Casilda. Presiono mi mano contra mi pecho en un vago intento de mitigar el dolor que me invita a retorcerme en el suelo. El espectro insaciable se sigue balanceado sobre mi cuerpo inmóvil mientras mis sentidos se apagan por completo. Antes de dejar este cascarón vacío descomponiéndose en el silencio de mis errores, arrojo un último vistazo al recuerdo de mi esposa.


 

Basado en “La Sayona”, una leyenda del folklore de los llanos venezolanos, que cuenta la aparición de un espectro en forma de mujer que aparece a los hombres infieles para conquistarlos y luego matarlos.

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